Descubriendo a los nominados a Mejor Diseño de Vestuario

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©Mi gran noche

Mi gran noche | por Paola Torres

El equilibrio entre la coherencia y la intención

Cualquier trabajo de vestuario, independientemente del gusto personal o de la construcción concreta de cada uno de los personajes, requiere de una mirada global, coordinada con la di­rección de arte y con la visión del director (foto, enfoque, etc.). Me gusta pensar mi trabajo como un todo que posea una unidad temática, una línea de fondo que funcione en la suma gracias a un cierto equilibrio entre coherencia e intención. Mi gran noche es una película cuya esencial dificultad ha consistido en construir una realidad hiperbólica, una vuelta de tuerca al mundo televisivo en un evento, además, que se presta tanto al exceso (una gala de Fin de Año). Esto me obligó a ajustar constantemente el dial para no pasarnos, pero tampoco quedarnos cortos, y a la vez tener un sello diferenciador a favor del universo de Álex de la Iglesia.

La vinculación con la realidad debía estar presente, pero a la vez construyendo personajes muy de ficción. Sabiendo del afecto de Álex por el cómic y el esperpento, conseguir ese dibujo circunscrito a una realidad que el espectador conoce mucho (la televisión y el mundo de las galas navideñas) fue mi principal preocupación. Personajes como el de Alphonso, vestido de un blanco impoluto y futurista, o el dorado cantante latino interpretado por Mario Casas, o un cuerpo de baile que funde actualidad y referencias a ballets televisivos desde los sesenta a nuestros días. Ha sido un trabajo arduo pero divertido y enormemente creativo, en el que era fácil pasarse, alejarse de la realidad, y por extensión cargarte la propuesta.

Otra de las cuestiones que ha exigido mucha atención es la cantidad de figuración cuyo dibujo no debía escapársenos, por un lado porque formaban parte del propio programa, y por otro porque si se descuidaba podía convertirse en un punto de fuga visual para la atmósfera tan particular que pretendíamos crear. En ese sentido, aunque la película sucede hoy en día, al reinterpretar de este modo la realidad tuve la sensación de estar haciendo una película de época en la que debía cuidar todos los detalles de un gran grupo para que nada se despegase de la atmósfera inicial.

©Nadie quiere la noche

©Nadie quiere la noche

Nadie quiere la noche | por Clara Bilbao

El glamour de Park Avenue y la ancestral cultura Inuit

El guión de Nadie quiere la noche, de Miguel Barros, es una joya para cualquier diseñador de vestuario, porque confluyen en él esos elementos que hicieron de nuestro trabajo un gran reto y una aventura irrepetible. La época: 1908. El lugar donde todo ocurre: el Polo Norte. Y la historia: el enfrentamiento entre dos mundos opuestos, el colonialismo de Occidente frente a la ancestral cultura Inuit.

Josephine Peary (Juliette Binoche), representa los nuevos tiempos, la modernidad, la ambición y la arrogancia occidentales. Para conseguirlo diseñamos y confeccionamos cada prenda que conforma el equipaje de viaje de la soberbia Josephine inspirados en la moda elegante de la época, adaptada a la cruel climatología ártica. Pieles lujosas y gruesos paños, punto tejido a mano, pero también sedas, bordados y encajes. Confeccionado todo de la misma forma en que se hacía entonces en las casas de alta costura. Josephine se ve arrollada por este mundo que venía a conquistar. Y esto le transforma gradualmente. Entonces la despojamos del glamour de Park Avenue, hasta acabar mimetizándose con este universo polar de pieles y grasa de ballena.

El lado opuesto. La cultura Inuit parada en el tiempo, inocente y en comunión con la aplastante naturaleza está encarnada en la joven inuit Allaka (Rinko Kikuchi), los acompañantes inuits, Ninq y Odaq (Orto Ignatiussen y Alberto Jo Lee), y el explorador Bram (Gabriel Byrne). Nos encantó investigar sobre un vestuario del que apenas conocía­mos nada, del que había pocas referencias a priori y cuya simplicidad primitiva lo cuenta todo de sus personajes. Nos servimos de diarios de exploradores, libros, museos, películas y de nuestro asesor de cultura groenlandesa. Utilizamos patrones originales y técnicas inuit de curtido y confección para elaborar a mano prendas con pieles de uso común como cordero, conejo, cabra, reno o ciervo. Les aplicamos otras técnicas que fuimos inventando para la ocasión: planchado, afeitado, tinte o engrasado para imitar pieles de oso polar, caribú, foca o zorro ártico, y reinterpretar así la hermosísima indumentaria Inuit.

El vestuario de Nadie quiere la noche fue un gran trabajo en equipo del que nos sentimos realmente orgullosos. Con el talento y el esfuerzo de mis compañeros Alberto Valcárcel, Maite Tarilonte y mi gente de ‘Un Burro de Cine’.

@Palmeras en la nieve

©Palmeras en la nieve

Palmeras en la nieve | por Loles García Galeán

Un complejo proceso de ambientación y envejecimiento

Palmeras en la nieve es, sin duda alguna, el mayor reto al que me he enfrentado a lo largo de toda mi carrera, tanto por la dimensión del proyecto como por la temática que aborda, una parte de la historia muy poco documentada: las colonias españolas en Guinea durante los años cincuenta y sesenta y las diferentes etnias que las poblaban, en especial la de los Bubis, que tiene un grandísimo protagonismo en esta película. Obviamente nos permitimos ciertas licencias cinematográficas y estéticas, pero tratamos de ser lo más fieles y respetuosos con dicha cultura.
Para la creación de este vestuario puse en marcha un taller donde un equipo, con una extraordinaria profesionalidad y pasión por este proyecto, se dedicó durante tres semanas a confeccionar la indumentaria ceremoniosa Bubi: faldas de cáñamo y yute, collares, cinturones y tocados creados con fibras naturales, piedras, cauris (pequeñas conchas con gran valor espiritual para muchas de las etnias de toda África) y plumas (muchas de ellas de gallinas guineanas).

También para la población Bubi adquirimos gran cantidad de tejidos y pareos africanos, poniendo especial cuidado en los motivos de cada estampación, ya que cada color y forma esconde algún significado específico. Tejidos que pasaron por un complejo proceso de ambientación y envejecimiento para que resultase lo más realista posible.

En cuanto al vestuario de los protagonistas occidentales, la mayor dificultad radicaba en que había que contar el paso de los años de una manera evidente pero muy sutil, ya que, salvo en algún personaje femenino como Julia (Macarena García) o su madre (Lupe Roda), no pretendíamos hacer moda. Quisimos contar la evolución de los personajes en un aspecto más interno, de maduración; personajes a los que la vida les hace evolucionar por diferentes caminos. Kilian (Mario Casas) inicia su viaje a Guinea con el mismo traje con el que dieciséis años más tarde tiene que marcharse.

Uno de mis decorados preferidos, además de la aldea Bubi, es el de ‘Anita Guau’ (bar y salón de baile donde las únicas mujeres que entraban eran las africanas). En este bar pudimos confeccionar todo un vestuario basado en los cánones occidentales de la época, pero con tejidos y complementos africanos que proporcionan un ambiente de color, alegría y pasión frente al convencionalismo propio de la España de Franco.
Este ha sido un regalo de película que agradeceré siempre a Fernando González Molina.

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Un día perfecto | por Fernando García

Documentación y búsqueda de belleza en lo cotidiano

Mi trabajo para Un día perfecto es un trabajo de documentación y de búsqueda de belleza en lo cotidiano, un trabajo muy difícil para un diseñador, pues es complicado representar la edad contemporánea en la gran pantalla. Tras muchas reuniones y puestas de ideas en común, intentamos sacar el máximo partido al maravilloso paisaje del rodaje a través del color presente en la vestimenta, algo que encantó a la di­rección. En cuanto a los personajes, mi trabajo se vio facilitado por el casting tan extraordinario, algo que hizo que lo demás llegara solo.

En la película trabajamos con un dossier a modo documental que nos sirvió para toda la parte de figuración, que en este caso era muy importante pues teníamos que hacer que mujeres de Granada interpretaran a mujeres bosnias, un trabajo muy enriquecedor en todos los sentidos. Aunque el contexto era la guerra, intentamos que la imagen general fuese más amable y colorista, vistiendo a ellas con pañuelos de flores y delantales sobre las faldas; y a ellos con gorros y abrigos que te trasladaban hasta este país del Este de Europa. Es una película con vestuario único, lo que nos hacía dudar en muchos momentos sobre la elección de las prendas, pues todo tenía que ser perfecto y no había otra oportunidad de arreglarlo.

Otra parte importantísima a tener en cuenta es la ambientación, para la cual se recurrió a un equipo estupendo de ambientadores, que se encargaron de que todo tuviese la pátina de tiempo justa, algo que no es fácil. El resultado está ahí, y todo el mundo lo puede juzgar.

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