Del frenesí al suspense

Foto: ©Ana Belén Fernández

 

Por Alberto del Campo, ganador del Goya a Mejor Montaje |

Aún recuerdo bien aquella sensación que tuve cuando era pequeño y junté varios planos con dos VHS. Pese a lo rudimentario del proceso me pareció algo mágico, la ilusión del cine era posible. Así descubrí este oficio y desde entonces todo ha sido un juego. Al fin y al cabo, el montaje no deja de ser un rompecabezas de piezas que se ordenan en el tiempo, y es en esa dimensión tan subjetiva para el espectador donde construimos la historia. Para ello nos ayudamos de una herramienta fundamental, el ritmo.

Cuando me enfrenté al montaje de El reino esa fue la premisa fundamental, el ritmo. Nuestro objetivo principal era que la película avanzara muy rápido, queríamos que fuera frenética, enfurecida, que todo tuviera la energía necesaria para impedir que el espectador respirase, porque es ahí donde se encuentra una de las claves para uno de los principales retos, empatizar con un personaje (a la fuerza villano) como Manuel López-Vidal.

Con ese empuje queríamos atar al espectador para que le acompañara, le comprendiera y sobretodo no le juzgara, obligándole a mirar solo hacia el presente inmediato cayendo en la misma espiral que el protagonista.

Una de las cosas que más me gustan del montaje la película es que podemos dividirla en dos grandes bloques de estilo diferenciados. La narración evoluciona desde una primera parte donde una cámara inquieta está en continuo movimiento, hay infinidad de planos, panorámicas cortadas, saltos de eje e incluso jump cuts. Todo ello con el objetivo de transmitir el desenfreno en el que viven los personajes.

Conforme avanza la película y el protagonista se va viendo acorralado, esta se va tornando más introspectiva, el montaje se va volviendo invisible, los planos son mucho más largos, la cámara se estabiliza, la música se desvanece y los diálogos van cediendo terreno a un opresivo silencio dejándonos a solas con nuestro antihéroe.

Todo el frenesí de la primera mitad se convierte en suspense, invitándonos a ponernos en la piel de Manuel López-Vidal. Nuestra intención era no solo que el espectador sea capaz de oír su respiración, sino que también escuche sus pensamientos.

Como montador de esta película, no solo he escuchado a Manuel López-Vidal sino que lo conozco como a un hermano. Al final, la conexión que el montador establece con la película es tan cercana que tengo cada plano, cada frase y cada gesto de El reino grabados a fuego en mi memoria, como aquel primer experimento con mis viejos VHS.

 

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